|
Nunca jugué al béisbol. Los adultos hablaban mucho de sus equipos favoritos o de
jugadores famosos, pero para mí era un mundo completamente desconocido.
Aún así, los objetos que no te resultan familiares tienen un encanto especial.
En una ocasión, con el guante que encontré en el refugio, mis conocimientos previos y la
pelota de tenis que nos prestó Hisae, Shizuko y yo jugamos a lanzarnos la pelota.
De hecho, fue sólo un lanzamiento.
La pelota que lancé se desvió muchísimo de las manos de Shizuko, rodó cuesta abajo por la
pendiente y nunca volvió a aparecer. Una de las pocas pelotas que teníamos…
Pero cuando, cabizbajas, se lo confesamos a Hisae, nos perdonó como si no le importara en
absoluto. Es más, dijo: "Ni se os ocurra ir a buscarla. Si os caéis por la montaña, eso
sí que sería un problema de verdad."
¿Estaba preocupándose por nosotras? Al pensarlo, me dio un poco de vergüenza y me lo tomé
a broma.
Y entonces, esta vez sí, me regañó de verdad: “¡Tómatelo en serio!”
|