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Globos de papel, kendamas, libélulas de bambú.
En mis pocos recuerdos que tengo de ir de compras, los veía alineados en Chizuruya,
cubiertos por una ligera capa de polvo.
Bueno… tampoco es que hubiera muchos clientes, y seguramente no eran cosas que se
vendieran demasiado.
Sin embargo, curiosamente, los globos de papel se veían a menudo por el pueblo. En los
caminos, en las aulas, incluso en nuestro refugio… había varios sin usar, aquí y allá.
Entendí el motivo el día que fui sola a comprar a Chizuruya. La anciana dueña de la
tienda, cuando tenía pocos clientes y se aburría, se volvía mucho más habladora. Supongo
que también influía que sabía que yo venía de fuera.
Me preguntó muchas cosas sobre Tokio, y me contó otras tantas sobre la tienda y sobre
ella misma: la historia del negocio, la alegría de ver crecer a los niños del pueblo, el
ranking de los dulces más vendidos, y los productos que solían tener antes… como los
petardos kanshaku-dama o el juguete Sanpo-kun (esa parte fue bastante divertida).
Y cuando terminó de hablar, satisfecha, me regaló un globo de papel.
Ese era el secreto detrás de la invasión de globos de papel en Ebisugaoka…
Aunque, incluso inflándolo y jugando con él, nunca llegué a engancharme demasiado. Pero
para mí, este juguete quedó ligado a aquel rato tranquilo que pasé en Chizuruya, y por
eso, todavía hoy, le tengo un cariño especial.
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