|
Ruriko solía decir que no éramos las primeras en usar el viejo edificio de clubes como
refugio. Según ella, había señales claras: montones de objetos que no tenían nada que
ver con actividades escolares y que nos daban horas de entretenimiento. Uno de ellos era
una grabadora. Con las cintas que traía Ruriko, pasábamos el tiempo grabando nuestras
voces y canciones sin cansarnos nunca.
Aquel día en que todo cambió también está grabado en mi memoria. En el refugio estábamos
Kayoko, Ruriko, Akiko y yo. Estábamos grabando en coro “La canción de la montaña nevada”
cuando, de pronto, un estruendo terrible nos interrumpió. Después vino un temblor
violento. Al principio pensamos que era un terremoto, pero duraba demasiado. Varias
taquillas se cayeron al suelo. Ruriko, sosteniendo a Kayoko, gritó que saliéramos.
Y entonces lo vimos. Al pie de la montaña, en dirección al pueblo de Ebisugaoka, una
niebla blanca, blanca como la nieve, se deslizaba reptando, inundándolo todo.
|