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Antes de mudarme a Ebisugaoka, vivía en Tokio. La brillante capital… aunque yo estaba en
una esquina muy, muy apartada. Aun así, a todas les despertaba curiosidad y solían
pedirme que contara historias de Tokio.
Un día llevé de casa una concha preciosa y dije: “La encontré en el mar de Tokio. En
Tokio hay montones de estas”. En realidad, era una concha de origen desconocido que mi
madre había recibido en algún momento. Pero como todas se quedaron tan impresionadas, al
final perdí la oportunidad de contar la verdad.
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