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Cuando me uní al grupo, el refugio estaba en la montaña detrás de la escuela secundaria
de Ebisugaoka. “En realidad hay muchos más sitios. Algún día también te los enseñaré,
Midori”, susurró Kayoko mientras dibujaba un mapa rápido en un trozo de papel que había
encontrado tirado por ahí.
En aquella época yo la veía increíblemente madura, casi como una figura mayor entre
nosotras. Pero al mirar atrás, tanto su letra como las palabras que recuerdo de ella me
parecen ahora llenas de una inocencia infantil que me resulta extrañamente
desconcertante.
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