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El sol se puso… y volvió a salir. Era la primera mañana en la que ya no quedaba nadie
más. Comencé a moverme en silencio.
Para iniciar el ritual, había que encender el incienso. Arrojé una de las pocas cerillas
que quedaban y una nube de humo blanco y dulce empezó a elevarse. De pronto, mi cuerpo
se sintió ligero.
Me pregunté si Shizuko habría sentido lo mismo.
Las palabras del libro, que antes no podía descifrar, ahora se volvían claras.
Podía oír la voz del dios.
Había recibido la misión de ofrecer a todas y completar el ritual.
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