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Revolví el almacén y metí en una bolsa todo lo que necesitaba. Después caminé una y otra
vez entre el almacén y el río.
Cada vez que mi conciencia empezaba a desvanecerse, una versión de mí misma aparecía
frente a mí, me tomaba del brazo y decía: "Date prisa."
El aire era tan caliente que costaba incluso respirar, y mi espalda estaba fría como si
estuviera mojada.
"Mi casa se va alejando cada vez más…" Canté en voz baja, medio aturdida. Si no lo hacía,
sentía que iba a gritar.
La yo que tenía delante y la chica que llevaba a cuestas también cantaban.
Cuando terminé los preparativos y me giré, la niebla ya cubría el camino por el que había
venido. Comprendí que ya no podía volver atrás.
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