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Arrojé las ofrendas al río y, mientras recitaba las palabras que escuchaba dentro de mi
cabeza, hice sonar una y otra vez las campanillas.
Hacía calor, me faltaba el aire, y mis recuerdos de esa parte son borrosos.
Lo único que recuerdo es que la sangre que caía de sus heridas se filtraba entre las
piedras de la orilla y formaba un pequeño arroyo rojo.
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