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En aquel pueblo existían muchos pequeños rituales relacionados con la fe a Inari. Uno de
ellos era los origamis de quejas.
Consistía en escribir tus quejas en un papel, doblarlo con forma de zorro y dejarlo en
algún lugar. Si alguien lo encontraba y lo leía, se decía que esos sentimientos quedaban
purificados.
Era un ritual especialmente familiar para los estudiantes de secundaria.
Yo nunca había escrito uno, ni había leído ninguno.
Pero aquel… aquel origami era la última palabra que ella dejó. Por eso, por primera vez,
abrí el vientre del zorro de papel.
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