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Dinero, objetos, atención.
Mis padres siempre me dieron solo lo "mínimo indispensable". Tal vez por eso, creo que
crecí con deseos más débiles que los de los demás. Querer algo, desear hacer esto o
aquello… sabía que no se cumpliría, así que con el tiempo dejé incluso de permitirme
desear.
Pero hubo algo que sí me llegó al corazón: la insignia del Rose Salon. Era elegante,
brillante, casi deslumbrante. Y yo, en secreto, pensaba:
"Si tuviera una rosa más dibujada, yo también podría haber tenido una…"
Me sorprendía a mí misma mirando aquella caja a escondidas, atrapada por un apego
extraño. Nunca lo dije en voz alta.
Aun así, entre todas me regalaron esta lata por mi cumpleaños.
"Te gustan las rosas, ¿no?" dijeron.
Una preciosa lata de galletas con siete rosas en plena floración.
Me invadieron sentimientos imposibles de poner en palabras: que se hubieran dado cuenta,
que esa séptima rosa era yo… Aquella mezcla de emociones nuevas me dejó despierta toda
la noche. En mi vida, nunca hubo nada que me hiciera tan feliz.
Por eso, pasara lo que pasara, aquella lata era lo único que siempre debía conservar.
Incluso durante nuestra vida de evacuación, la mantuve a mi lado. El almacén era oscuro,
sin nada de belleza, pero usar la lata para recoger agua o mirar su tapa en noches de
insomnio bastaba para devolverme un poco de esperanza.
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