|
Cuando salimos del antiguo edificio de clubes, Ruriko dijo: "Llevemos sólo lo
imprescindible".
El camino de montaña que nos esperaba no estaba bien acondicionado y era muy escarpado.
Si ocurría algo, lo mejor era ir lo más ligeras posible.
Así que cada una tomó únicamente lo necesario para sobrevivir… y ese tesoro personal que
no podía abandonar, y vinimos a Kanaizuka.
No sé si el espejo que trajo Akiko era un objeto práctico o un recuerdo querido.
Habían pasado unos días desde que dos cuerpos yacían alineados en el almacén.
Akiko, con el espejo en la mano, tarareaba mientras se arreglaba. Era una escena que ya
había visto muchas veces en el edificio de clubes.
Mientras la observaba, me hizo un gesto para que me acercara, y mientras nos recogía el
pelo a todas, fue hablando poco a poco de sí misma.
Contó que, cuando era pequeña, su madre le regaló un violín de segunda mano.
Que, como su madre había renunciado a sus sueños al casarse, ella había vivido con la
intención de dedicar su vida a la música por las dos.
Y que, el día que ganó un premio en un concurso, sus padres le dijeron que debía casarse
y hacerse cargo del negocio familiar.
Cuando terminó de dejarnos el pelo recogido en dos preciosas coletas, dijo con voz
satisfecha:
"Ahora me toca a mí."
|