|
En ese momento, Sumiko y yo estábamos fuera del almacén, calentando agua. Queríamos
aliviar la tos de Kayoko… o quizá solo necesitábamos salir un poco al exterior.
Cuando regresamos, encontramos a Ruriko sentada en el suelo, de espaldas a nosotras. A su
lado, Kayoko yacía boca arriba. Ya no respiraba.
Ruriko dijo:
"Cuando salimos del edificio de clubes, Kayoko me pidió que la dejáramos atrás. Pero fui
yo quien insistió en traerla hasta este lugar. Por eso, antes de que sufriera más, le
propuse hacer esto."
Mientras hablaba, tenía unas tijeras profundamente clavadas en el abdomen.
Ella explicó que lo había hecho como una prueba, una forma de demostrar algo que llevaba
toda la vida sintiendo:
"Te juro que no estoy fingiendo… que de verdad soy lo que se supone que debo ser. Pero
siempre he querido una prueba verdadera. Quería que Dios me dijera si realmente soy una
doncella válida para el ritual."
Ruriko se disculpaba una y otra vez, pero nosotras no podíamos reprocharle nada.
Sumiko y yo salimos al exterior y nos quedamos sentadas, de la mano, hasta que cayó la
noche.
Dentro del almacén había ya cinco cuerpos. Sólo faltaba uno.
|